Mandela, ¿mentira o verdad?

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Entre los fenómenos de la experiencia que la ciencia no acierta en explicar, como sería el caso del “deja vu”, existe otro que ha generado popularmente mucho interés. Es lo que en el lenguaje coloquial se ha nombrado como “efecto Mandela” y consiste en una falsa verdad que se impone a gran escala, y de modo inexplicable.

GISELA COLOMBO

El nombre del fenómeno responde a uno de los casos más emblemáticos que se suscitó: la muerte en prisión de Nelson Mandela. Este hecho jamás ocurrió, sin embargo, un número muy alto de gente ha dicho estar convencida de que ése fue efectivamente el final del activista. Los motivos, por los cuales errores semejantes se tornan verdad para muchos, constituyen el genuino enigma que atrae y desconcierta.

Esta particularidad excepcional en la experiencia suele suscitarse con más fuerza incluso en el ámbito de las artes. La imagen de Hamlet, el protagonista de la obra del mismo nombre escrita por William Shakespeare, con la calavera de Yorik en sus manos mientras pronuncia aquel soliloquio ejemplar de “Ser o no ser/ ésa es la cuestión…” Tal escena jamás ocurrió. No obstante, una especie de síntesis simbólica natural reúne el parlamento que habla de la finitud y el sinsentido de la vida con una escena cuyo objeto central refiere un contenido metafórico similar. Yorik era una especie de bufón del rey Hamlet, padre del protagonista, cuyos restos halla en el cementerio. La osamenta desata en él la reflexión sobre la caducidad de la vida, a partir de la figura del clown. Nunca deja de ser la referencia al cómico. Pero en lo inconsciente ambas escenas se fusionan. Quizá un publicista, un productor teatral, un diseñador o un artista que tuviera a su cargo los afiches de la obra pudieron haberlo propuesto. Pero si mucha gente lo concibió del mismo modo es porque el creador de la fusión caló hondo y dio con un hecho percibido como verdadero.

En “Casablanca”, la tradición oral supone una frase que nunca se dice en la película: “Tócala de nuevo, Sam”. Tal vez el mismo fenómeno ocurra en proponer el comentario más emblemático de Sherlock Holmes como “Elemental, Watson”, jamás pronunciado en los textos originales. Lo mismo que sucede con “Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos” puesto en boca de un Quijote que se independizó de Cervantes, quien nunca escribió esa frase. El parlamento parece provenir de Goethe: ‘en busca de fortuna y de placeres/ más siempre atrás nos ladran’;  o de un proverbio de origen turco, y luego Rubén Darío adaptaría las palabras. Pero del Quijote, ni noticias.

En “Scooby Doo”, la serie de dibujos animados, Shaggy es recordado como un hombre cuya nuez salta a la vista debido a su delgadez. La realidad es que el personaje de caricaturas animadas, jamás aparece de ese modo en la tira. Algunos consignan algo similar en La Guerra de las Galaxias, y en otras tantísimas producciones del arte, de la literatura y del cine.

Algunos interesados en esta curiosidad de la psicología social atribuyen el proceso a algo que consigna la física cuántica: un conflicto de respuestas posibles frente a un mismo intríngulis. Respuestas que  conviven en la modalidad virtual, hasta que la situación se inclina por una de ellas. En la visión tradicional, al llegar a la encrucijada, como si se tratara de una senda que se bifurca entre una alternativa y otra, lo que no se escoge queda vallado para siempre y el asunto continúa por el camino elegido. Pero la física cuántica plantea que, cada vez que se escoge una posibilidad, no mueren ni se anulan las otras. El selector, desde su conciencia, puede observar cómo continúa sólo aquella por la que optó, pero las otras alternativas siguen ocurriendo en realidades paralelas, donde seres paralelos siguen protagonizándolas. Para quienes acuñan esta explicación, un producto del efecto Mandela no es otra cosa que una de esas versiones posibles que no se dio y, sin embargo, se manifiesta en la conciencia del hombre común por medio de la imaginación. Esta dinámica parece exponerse en nuestro tiempo mediante cierto perspectivismo deliberado con que se construyen obras artísticas, literarias o cinematográficas.

Hasta aquí hemos sondeado casos ficcionales. Pero este asunto también describe algo real. El nombre del fenómeno lo certifica. Nelson Mandela estuvo preso durante años a causa de cierta represión política. Pero no murió encarcelado ni remotamente. En 2013 ocurrió su verdadera partida. ¿Qué creyó, en cambio, mucha gente? Un grupo significativo respondió a esta pregunta sosteniendo que el abogado murió en prisión.

La subjetividad que deviene no sólo de los hechos externos sino de cómo se asimilan esos acontecimientos es la que construye detrás de todo dato cierta fantasía, aunque se trate de hechos reales.

Lo cierto es que los falsos recuerdos son habituales. Lo extraño es que muchas personas estén en un error similar simultáneamente. En este sentido, quizá eche luz el trabajo de Carl Jung sobre los arquetipos que viven en el hombre como un subsuelo profundo de la conciencia. Son esas matrices que viven en el inconsciente colectivo y emergen casi como estructuras fundantes de la experiencia. Los mitos parecen provenir de ese estanque.

Podríamos interpretar estos detalles ficticios como un modo de completar el sentido de un relato, auxiliados por los esquemas o matrices culturales que vegetan en el subsuelo de la experiencia consciente. Cuando Jung elabora su teoría del inconsciente colectivo narra un sueño en que ingresa a una casa y desciende al subsuelo. Allí encuentra una realidad prehistórica. Con ello, su conciencia primitiva le trae noticias de una especie de cosmovisión innata que todo ser recibe de sus ancestros y opera en las sombras.

En el efecto Mandela, si ésta fuera la explicación, habría que completar la tónica de un relato de martirio. Por ello debería acudir la iniquidad de que el altruista pierda la vida en cautiverio. La otra alternativa es que la imaginación funcione como compensadora y totalizadora de la experiencia. Al interpretar la vivencia literal, los hechos se completan por medio de la creatividad para que se evidencie mejor la sabiduría que están transmitiendo.

En esta época de post-verdades, en que la percepción subjetiva de la realidad prevalece ante los hechos objetivos, y el espectador necesita relatos explícitos para comprender adónde apuntan los hechos narrados, la inclinación hacia las falsas verdades puede desnudar matrices antiguas o senderos que se bifurcan y siguen rodando. Pero con mucha más fuerza revela la complejidad de la conciencia humana que no se detiene al fantasear ni siquiera colectivamente.

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