Trump comprendió hace tiempo que en la era de la posverdad, la política no se gestiona: se produce. Y su estrategia para hacerlo no busca debate, sino impacto y espectáculo.
La narrativa es eficaz: simple, repetitiva y memorable, como se recomienda. Las etapas de “producción” son de manual:
El Escenario: Un evento cargado de simbolismo nacional.
El Incidente: Un ataque donde el protagonista “roza la muerte” pero emerge heroico (la bala en la oreja , la evacuación dramática).
El desenlace: Fotografía de cine con el puño en alto, declaraciones conmovedoras demostrando cordura, preocupación por los demás y agradeciendo vivir para contarlo.
El Circuito de Validación es un poco más sofisticado pero predecible:
1°. Los medios tradicionales lo validan
2°. Los medios digitales amplifican el mito
3°. El algoritmo, los trolls y los influencers alineados agregan la épica
4°. La posverdad se consuma: el hecho desaparece; solo queda la leyenda del líder bendecido.
Una vez que todo esto ocurre, solo es la puesta en escena y el efecto. Nada mas. Ya no importa si fue real o coreografiado; lo que importa es que el mundo no pueda distinguir la política de la ficción. Queda la emoción y el cuento.
Es una pena que, teniendo a Hollywood como cuna, las producciones sean tan predecibles. Pero en el mercado de la fe política, la sutileza no vende; vende el mártir que se levanta.
A tal punto que no importe el vínculo del mártir con la pedofilia, el genocidio, las invasiones, las matanzas… La política ya no es espectacular, el espectáculo está siendo la propia política




