“Tradwifes” y la paradoja de las amas de casa que son exitosas empresarias

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Lo que a simple vista parece un regreso nostálgico a los valores domésticos de los años 50 es, en realidad, uno de los negocios más lucrativos y paradójicos de la era digital.

El movimiento de las tradwives (esposas tradicionales) se ha convertido en un fenómeno viral donde mujeres como la mexicoamericana Lupita Duarte o la estadounidense Estee Williams monetizan su vida hogareña. Mientras graban cómo preparan el almuerzo de sus maridos a las tres de la madrugada o cocinan recetas complejas desde cero, estas creadoras de contenido generan ingresos que pueden superar los 4.000 dólares mensuales, transformando el rol de ama de casa en una marca personal de alto rendimiento.

La contradicción fundamental de esta tendencia reside en que sus protagonistas utilizan herramientas conquistadas por el feminismo —autonomía económica, libertad de expresión y habilidades empresariales— para promover un mensaje que invita a otras mujeres a renunciar a ellas. Detrás de la estética impecable y la voz suave de figuras como la española Roro Bueno, no solo hay una cocina reluciente, sino también un despliegue técnico de aros de luz, edición de video y estrategias de marketing. Estas mujeres no son dependientes en términos financieros; por el contrario, actúan como las verdaderas proveedoras de sus familias gracias a la plusvalía que generan para las grandes plataformas tecnológicas.

Los críticos abren el ojo

Sin embargo, críticos y especialistas advierten que este contenido no es una elección de vida inocente, sino una puesta en escena que oculta las partes más duras del trabajo doméstico. Mientras los videos muestran la molienda del trigo o la elaboración artesanal de mantequilla, omiten sistemáticamente las tareas menos “estéticas”, como la limpieza de los baños. Se trata de una naturalización de la explotación doméstica que el capitalismo perfecciona al presentarla como una vocación romántica. Además, algoritmos de plataformas como TikTok suelen vincular este contenido con discursos de extrema derecha que buscan desmantelar políticas de igualdad y devolver a la mujer al ámbito privado.

El mayor peligro de este mensaje aparece cuando aterriza en contextos de vulnerabilidad, especialmente en regiones como América Latina, donde la dependencia económica no es una opción estética sino una “jaula” de pobreza. En un continente donde una de cada cuatro mujeres carece de ingresos propios y los índices de feminicidio son alarmantes, la falta de autonomía financiera suele ser el principal obstáculo para escapar de situaciones de violencia. El movimiento tradwife ignora estas realidades, vendiendo una idealización del pasado desde una posición de privilegio, mientras convierte la desigualdad estructural en una aspiración aspiracional con filtros de Instagram

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